Homenaje a Velázquez en la pintura española del siglo XX

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Si Picasso las rompió para entenderlas, Casado Lamoca las ordenó para habitarlas.

Homenaje a Velázquez en la pintura española del siglo XX: cuando el Barroco se convirtió en geometría

Hay una paradoja productiva en el corazón del arte español del siglo XX: cuanto más se alejaba de la representación figurativa, más volvía sus ojos al padre de todos los espejos, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. El homenaje a Velázquez en la pintura española del siglo XX no fue un gesto nostálgico ni académico: fue, en distintas oleadas y con distintas gramáticas visuales, una forma de hablar del presente usando el léxico del pasado. La tesis central es incómoda y fascinante a la vez: la obra más analizada del Barroco español, Las Meninas (1656), funcionó en el siglo XX como código abierto que cada generación descifró según sus urgencias políticas, filosóficas y formales.

1981 velazquezespejobarroco

¿Qué pintores del siglo XX reinterpretaron Las Meninas?

La lista es larga, pero los nombres más sustanciales articulan un arco que va desde la obsesión pictórica hasta la deconstrucción política. El caso más citado es el de Pablo Picasso, que en 1957 produjo una serie de 58 variaciones sobre Las Meninas desde su estudio en Cannes, fragmentando el espacio velazqueño en planos cubistas hasta hacerlo irreconocible como representación y sin embargo perfectamente legible como argumento. No es un acto de veneración: es un interrogatorio. Pero Picasso no estaba solo.

Para los artistas españoles de los años 60 y 70, trabajando bajo la presión del franquismo, Las Meninas era también un arma retórica. Antonio Saura incluyó a las infantas en su ciclo de pinturas de denuncia, deformando los rostros hasta convertirlos en máscaras de la violencia institucional. El Equipo Crónica, en su serie Policía y cultura, utilizó la composición de Velázquez como escenario para satirizar las condiciones del arte moderno bajo el fascismo. Cristóbal Toral sustituyó la infanta y las damas por maletas abandonadas, convirtiendo la pintura más celebrada del poder en una elegía del exilio. Manolo Valdés, más tarde, reemplazó el rostro de la menina por una rosa en una serigrafia de tono pop pero carga profunda. La lista abarca también a Sorolla, que reinterpretó la infanta Margarita a finales del XIX como puente hacia esta tradición de apropiación.

¿Quién fue Julián Casado Lamoca?

Dentro de esta tradición, Julián Casado Lamoca ocupa un lugar singular porque su homenaje llega desde una orilla completamente diferente: no la figuración deformada de Picasso o Saura, sino la abstracción geométrica más rigurosa. Nacido en Aranjuez en 1928, Casado no llegó a la pintura por la vía convencional. Estudió dibujo y pintura en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, pero durante años su trabajo fue el diseño industrial, una disciplina que le dejó una huella permanente en la comprensión del espacio como problema técnico, no solo expresivo.

El giro decisivo llegó en 1969, cuando Casado entabló amistad con Fernando Zóbel y el grupo de pintores abstractos de Cuenca, aquella constelación que en 1966 había creado el Museo de Arte Abstracto Español. Esa influencia fue determinante: Casado abrazó la pintura en clave abstracta y comenzó a construir un lenguaje propio basado en el volumen, la forma geométrica y lo que él mismo llamaba una perspectiva filosófica del espacio. En 1970 viajó a Estados Unidos invitado por el matrimonio Bauman, expuso en Washington en la sede del Fondo Monetario Internacional y recibió una acogida que consolidó su vocación internacional. En 1982, ya de vuelta en su estudio de Aranjuez, fue invitado por el Ministerio de Asuntos Exteriores a participar en la V Trienal de Nueva Delhi, donde su obra obtuvo la medalla de plata del Premio Internacional de Pintura.

Casado no era solo un pintor: era también teólogo, filósofo y activista cultural, fundador del colectivo CRAC (Colectivo Ribereño de Acción Cultural) y director de la Universidad Popular de Aranjuez. Su obra se organizó en series rigurosas —la serie Malevich de 42 cuadros es la más citada— y su constructivismo tenía una base humanística explícita, no meramente formalista. Falleció en 2014.

¿Cómo influye el Barroco en la abstracción española del XX?

Esta pregunta tiene una respuesta técnica y otra cultural, y las dos son necesarias. La respuesta técnica apunta al espacio: Velázquez fue, antes que cualquier otra cosa, un pintor del espacio. La composición de Las Meninas es un experimento sobre la profundidad, el punto de fuga, la relación entre el cuadro dentro del cuadro y el espectador fuera de él. Para un pintor formado en el constructivismo y obsesionado con la geometría del volumen, esa estructura es un problema de álgebra espacial, no de iconografía. Casado lo entendió así.

La respuesta cultural es más compleja. El Barroco español fue históricamente el estilo del poder absoluto: la corte de Felipe IV, la Iglesia Contrarreformista, la escenificación del orden social jerárquico. Reinterpretar ese lenguaje desde la abstracción geométrica no es neutralizarlo, es vaciarlo de su ideología original para rellenarlo con otra. Cuando los abstractos españoles de la Transición recurrían al legado velazqueño, estaban también haciendo una reclamación de legitimidad cultural: éramos capaces de producir algo equivalente a Velázquez sin necesidad de la corte que lo financió. La tesis doctoral La abstracción geométrica en España (1957-1969) de la Universidad Complutense analiza precisamente esas relaciones de tensión entre vanguardia internacional y tradición pictórica nacional.

¿Qué diferencia hay entre abstracción geométrica y homenaje figurativo a un clásico?

Esta pregunta define el territorio donde Casado Lamoca resulta más singular. Un homenaje figurativo a Velázquez —como el de Picasso o Saura— trabaja con la imagen reconocible de Las Meninas: sus personajes, su composición, su iconografía. El artista distorsiona, recorta, ironiza o celebra, pero el referente sigue siendo visible en la superficie del cuadro. El espectador puede rastrear el origen aunque lo vea fragmentado.

La abstracción geométrica opera en un nivel diferente: trabaja con la estructura invisible de la obra original, con su lógica espacial y sus relaciones formales. Casado no pinta a la infanta Margarita ni a las damas ni al enano Nicolasito; pinta el sistema que sostiene el cuadro: la caja de espacio, la distribución de volúmenes, la tensión entre planos. Su Espejo Barroco. Homenaje a Velázquez de 1981, un acrílico sobre lienzo de 140 x 140 cm, no representa a nadie y sin embargo contiene a todos. Es como si se hubiera quitado la carne de la pintura para mostrar su esqueleto geométrico. Esto es lo que el brief de este artículo denomina, con precisión, «un espacio construido a partir de un retrato barroco de familia».

¿Qué significa «espacio construido a partir de un retrato barroco de familia»?

La frase merece un párrafo propio porque condensa toda la operación intelectual que subyace a este tipo de pintura. Las Meninas no es solo un retrato: es una arquitectura. Velázquez distribuyó 11 figuras en un espacio que funciona como una ecuación: el cuadro dentro del cuadro (el lienzo que el propio Velázquez pinta, visible por el reverso), el espejo al fondo donde aparecen los reyes, el vano de la puerta abierta por donde entra o sale Nieto Velázquez, la ventana lateral que ilumina la escena. Cada elemento es un operador espacial.

Cuando Casado Lamoca construye su homenaje geométrico, toma esa arquitectura y la traduce al lenguaje del constructivismo: planos de color, formas duras, relaciones de escala sin perspectiva renacentista. El resultado es un «espacio construido» porque es literalmente eso: una maqueta visual del sistema relacional de la pintura original, no su reproducción. La palabra «barroco» en el título ya no designa un estilo histórico sino una calidad estructural: la complejidad de un espacio que se refiere a sí mismo mientras mira hacia fuera.

¿Qué arte tiene el Parador de Segovia?

El Parador de Segovia es, dentro de la red de Paradores, el repositorio más significativo de arte geométrico y constructivista español del siglo XX. Desde junio de 2016, una colección de 27 obras permanentes ocupa las zonas comunes del edificio —proyectado por el arquitecto Joaquín Pallás con vistas espectaculares a la ciudad histórica—. La exposición fue comisariada por el propio Julián Gil e incluye obras de Pablo Palazuelo, José Luis Gómez Perales, José María Yturralde, Jorge Teixidor, Salvador Victoria, Luis Caruncho, Eusebio Sempere, Julián Casado, José María de Labra, José María Iglesias, Joaquín Michavila y Gerardo Rueda.

Es una nómina que resume cuatro décadas del arte abstracto español: desde los pioneros que en los 60 conectaron con el constructivismo internacional hasta los que, ya en los 80, trabajaban con plena conciencia de ese legado. La presencia de Casado en esa colección no es casual ni marginal: su Espejo Barroco. Homenaje a Velázquez de 1981 forma parte específicamente de la Colección de Paradores, lo que significa que el Estado español eligió instalar en un edificio turístico público una reinterpretación abstracta del cuadro más analizado de la historia del arte español. Esa decisión institucional tiene más carga simbólica de lo que parece.

¿Cómo se formó la Colección de Paradores?

La Colección de Paradores es uno de los patrimonios culturales más heterodoxos y menos conocidos de España: casi 10.000 piezas distribuidas en 95 establecimientos, formada sin un programa coleccionista explícito a lo largo de casi un siglo. Paradores fue fundado en 1928 como proyecto del rey Alfonso XIII para el turismo de calidad, y desde el principio sus establecimientos se instalaron en edificios de alto valor patrimonial —castillos, monasterios, palacios—, lo que hizo natural que las piezas artísticas que los decoraban fueran también de relevancia.

La colección creció durante décadas de forma orgánica: algunas piezas llegaron con los edificios (arqueología romana, árabe, medieval), otras fueron adquiridas para decorar espacios nuevos, y en ciertos momentos hubo comisarios que orientaron compras específicas hacia corrientes artísticas concretas, como el arte constructivista. El resultado es una colección que va desde una lápida árabe del siglo X y seis tapices flamencos del XVII tejidos a partir de cartones de Rubens hasta bodegones de Gutiérrez Solana, monotipos de César Manrique y obra de artistas de la Escuela de Madrid. En 2016, Fundación Mapfre organizó una exposición de 69 piezas seleccionadas de ese inventario, la primera vez que el conjunto fue presentado al público como colección unitaria.

El código que cada generación descifra

El ángulo más productivo para entender todo este mapa es precisamente el de la distancia temporal entre las distintas apropiaciones. Picasso enfrenta Las Meninas en 1957 desde París y desde el exilio político: su operación es una disección violenta, casi una autopsia del poder que el cuadro representó. Casado Lamoca las construye geométricamente en 1981 —en plena Transición española, dos años después de aprobada la Constitución— y su operación es radicalmente distinta: no destruye la imagen, la desmaterializa. El resultado es un cuadro que ya no depende del referente histórico para significar, pero que tampoco lo niega.

Esa diferencia generacional y política es crucial. La abstracción geométrica española de los años 60 y 70 se desarrolló en un contexto de censura y control cultural en el que la vanguardia era al mismo tiempo evasión y resistencia. Pero la abstracción de la Transición tiene otro cariz: ya no necesita ocultarse detrás de la geometría para decir lo que no puede decirse en figuración. La geometría, en Casado, no es un disfraz sino una convicción filosófica. Su lectura de Velázquez es la de alguien que cree que la verdad del Barroco no está en sus imágenes sino en la lógica espacial que las organiza. La tesis doctoral de la UCM sobre la abstracción geométrica española entre 1957 y 1969 documenta ese desarrollo con rigor, trazando las conexiones entre el arte óptico y cinético internacional y las particularidades del contexto español.

Lo que la colección artística de Paradores de España hace, sin haberlo premeditado como programa, es conservar físicamente esa conversación entre épocas: en un parador con vistas al acueducto de Segovia, junto a un castillo donde en otro tiempo residió la corte que Velázquez pintaba, cuelgan hoy cuadros que descifran el mismo código en el lenguaje del siglo XX. El arte geométrico en paradores de Castilla no es decoración: es la misma pregunta hecha con otros instrumentos.

Johnny Zuri — Editor jefe y CEO de ZURI MEDIA GROUP. Más de 15 años publicando medios digitales independientes en España. Especializado en SEO, estrategia editorial y tendencias culturales. Dirige 23 revistas digitales desde Cuenca. https://zurired.es/johnny-zuri-editor-jefe-de-zuri-media-group/

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